• Aarón Polo López

Porque todos cantamos, aunque sea en el baño. (La ópera fuera del escenario)


Desde el siglo XIX, la ópera en México se desenvolvió en un marco muy favorable, así lo demuestran testimonios de cronistas y diarios de la época. Gracias a estas crónicas conocemos las singulares historias del “Ruiseñor mexicano”, la compositora y cantante mexicana Ángela Peralta, cuando era recibida por cientos de personas en las estaciones del tren como una verdadera “rock star”, cuya vida fue presentada en las primeras telenovelas de la historia de México.



También gracias a estas fuentes escritas, sabemos de conciertos privados con grandes cantantes que deleitaban a la clase burguesa porfiriana, así como a los villistas en alguna cantina. También se describen los conciertos del cantante de ópera más popular en el mundo, al menos antes de Pavarotti, Enrico Caruso, en la Plaza de toros de la Condesa, o de su paseo en una trajinera con su apellido en Xochimilco.



Ya en el siglo XX, la ópera se podía escuchar a lo largo y lo ancho de la República Mexicana a través de estaciones de radio que transmitían algunos conciertos, y que incluso llegaron a producir la radionovela titulada La ópera de los pobres, drama al estilo de una ópera italiana que contaba la historia de un cantante de familia humilde que con muchos altibajos logró conquistar los mejores escenarios del mundo operístico.


Para mediados de siglo XX, la ópera en México vivía una época dorada propiciada, en cierta medida, por la Segunda Guerra Mundial, pues al verse afectados los teatros europeos, el circuito operístico del continente americano se convirtió en el más importante. El teatro Colón de Buenos Aires, Argentina, el Palacio de Bellas Artes, en México, y la Metropolitan Opera House de Nueva York fueron los teatros protagonistas.


La televisión mexicana no fue ajena a este suceso y el canal 4 fue el primero en transmitir los conciertos de ópera en vivo. Gracias a estas transmisiones, el público mexicano supo de la presencia de extraordinarios cantantes extranjeros que pisaron Bellas Artes, entre los que se destaca por encima de todos María Callas, para muchos, la última diva de la historia.


El cine mexicano de la época, llegó a citar muy a su estilo, la popularidad de la ópera, como se puede ver en una escena de El rey del barrio, donde Germán Valdés “Tin Tan”, es un falso maestro de canto cuya alumna es “la Beba”, interpretada por Fanny Kaufman “Vitola”.



La mención de estos ejemplos, dan cuenta de que la sociedad mexicana no ha sido ajena o distante a este espectáculo, aunque nunca se hubiera asistido al teatro.


La actual situación que vive el mundo durante la pandemia nos obliga a replantear la forma en que llevamos nuestras actividades, la forma en la que disfrutamos de nuestros gustos. “Estar” en conciertos, obras de teatro, reuniones vía digital era, valga la expresión, remotamente imposible. Las primeras imágenes que circularon en línea, cuando se vivió la reapertura después de la primera ola del COVID-19, fueron los escenarios de teatro y ópera, recalcando la crudeza visual de verlos semivacíos. Estas imágenes van en contrasentido de aquellas historias de teatros repletos, de multitudes eufóricas en torno a las grandes voces. Sin embargo, el zoom, el meet, o cualquier aplicación de este tipo se convierten en las ventanas que dan al exterior, donde también está la ópera. Gracias a programas por redes sociales como, “Hablemos de ópera” con Gerardo Kleinburg, podemos darnos el tiempo de conocer, entender y vivir, si bien a la distancia, pero quizá con mayor profundidad el arte total; al fin y al cabo, todos somos cantantes fuera del escenario.



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