• Aarón Polo López

Oscuridad, cámara y acción

El momento que por lo general escogemos para dormir, para meditar, para recordar, para sufrir, para extrañar, para hacer una introspección y un análisis de nuestras vidas, el momento para entregarnos a las pasiones más oscuras como la... noche, es evidentemente la noche. En este periodo del día podemos apreciar con mejor visión y cuando las nubes lo permiten, las estrellas, los sueños, los anhelos y también los lados más oscuros. Sin duda alguna, esta intimidad que ofrece la noche ha sido muy bien recibida por todas las manifestaciones artísticas sin dejar de lado, claro está, la religión y la ciencia. Quién no recuerda La noche estrellada de Vincent Van Gogh, las casi infinitas líneas escritas por las plumas más sensibles que han habitado este mundo, las más asombrosas explicaciones científicas de los fenómenos que ocurren cuando el sol se oculta en el horizonte y donde la noche reina. No es menor la cantidad de historias donde la noche predomina en la cosmogonía de diversas culturas a lo largo de nuestra historia. Sin temor a equivocarme, creo que el tema de la noche es de los más socorridos junto con el amor. Una de las manifestaciones artísticas que por supuesto no han dejado de lado en sus narraciones a la noche es el séptimo arte, o, ¿no es verdad que el cine se disfruta más en la oscuridad que genera las salas de proyección?



Desde muy temprana edad, el cine trató de retratar en su escenario el ambiente nocturno. Por ejemplo en la épica obra del célebre director norteamericano, D. W. Griffith, El nacimiento de una nación, se pueden percibir algunas secuencias que en lugar de aparecer en blanco y negro son azules, donde se nota que la cinta fue pintada a mano con la intención de distinguir el día de la noche. También para el director francés George Melliès la noche era de color azul, y se puede notar en sus cortos dedicados a las estrellas o como lo demuestra la increíble historia Viaje a la luna. No podría dejar de lado, a propósito que hablamos de los orígenes del cine y su relación con la noche, a uno de los directores más universales de todos los tiempos, Charles Chaplin. El director inglés también fue uno de los primeros teóricos más importantes y entre sus múltiples tesis destacó que las historias proyectadas por el cinematógrafo no eran en blanco y negro, al menos no sus historias, pues él lo único que sabía hacer era cine a color. Las sensaciones descritas arriba, provocadas por la negrura se pueden percibir en su obra Luces de la ciudad, cuyas luces serían inexistentes sin la nunca protagonista pero siempre presente noche.



De manera arbitraria doy un salto en la historia de la cinematografía mundial para detenerme en el cine italiano de los inicios de la década de los sesenta, con la intención de citar al director italiano Michelangelo Antonioni con su película de 1961, La notte. Con su propio estilo, repite la fórmula explorada por sus antecesores, el fluir de los pensamientos y de las asociaciones, en vez del fluir de los acontecimientos; el flujo de la conciencia y no de los héroes individuales; la simultaneidad de los estados de ánimo, son elementos centrales de esta película con la particularidad de que no se concilia un destino alentador para el ser humano, enfatizando el matiz que también la oscuridad provoca, el miedo, el fracaso, el terror, la muerte, o peor aún, la indiferencia.



El cine mexicano nunca fue indiferente a lo acaecido en la producción cinematográfica de otras latitudes. Aunque ciertamente, el entonces presidente de la nación, general don Porfirio Díaz escogió la noche para programar las primeras “vistas” que los emisarios de los hermanos Lumière proyectaron en el Castillo de Chapultepec, dentro de la historia del cine mexicano hay fenómenos sociales muy interesantes que dan un significado a la noche y que otorgan un sello particular en las cintas mexicanas.


Los especialistas en el estudio del cine nacional han propuesto varios periodos para hacer una división sustancial que permita el estudio y el entendimiento del devenir de nuestro séptimo arte. Los inicios, que se concentran en las “vistas” hechas a imagen y semejanza de las extranjeras, el periodo revolucionario, que dio la primera cúspide en este arte en nuestra historia con el cine documental. Los filmes realizados en la época de la posrevolución dieron los primeros reconocimientos por los críticos extranjeros, Allá en el rancho grande, es una de las cintas que es ejemplo de ello. En esta película se sintetiza las ideas rectoras que los círculos sociales conservadores querían mostrar. Una provincia idílica, la imagen icónica del ranchero que se promueve en el extranjero son las líneas rectoras de las historias contadas en la pantalla en esta época. En buena medida estas ideas se van a reforzar con otras cintas que si bien su argumento, su hechura y su sentido es, en términos generales diferente, sigue preservando la misma moral. La primera película sonora en nuestra historia es la adaptación de la novela de Federico Gamboa, Santa. Dirigida por Miguel Contreras Torres en 1931, a diferencia de Allá en el rancho grande se desarrolla en la ciudad de México y no en la provincia, la historia es conocida por casi todos, Santa, mujer provinciana del entonces lejano Chimalistac, por diversas circunstancias se traslada a la ciudad que en su mayoría aparece en un ambiente nocturno. La ciudad de noche muestra todos los lugares que provocan la corrupción, el pecado y la infelicidad. Santa intenta sortear todos estos obstáculos que presenta un escenario que es la antítesis de la provincia y que, como se percibe en las escenas con un ambiente diurno parece que puede lograrlo, pero cuando aparece la noche se presenta con su manto envolvente que estrangula y que termina por consumir la vida de la protagonista. Aquí, como después lo harían directores como el citado Antonioni nos muestran a la noche como un escenario peligroso y que termina con cualquier ilusión que pueda anidar cualquier humano. Para reforzar esta idea cabría destacar que esta película muestra a Hipólito, otro de los protagonistas interpretando lo que sería la primera canción que aparece en el cine mexicano titulada de la misma forma que el filme, Santa, canción compuesta por Agustín Lara que curiosamente había sido vetado por la radio mexicana por las letras de sus canciones que emulaban estos ambientes sórdidos que solo pueden vivir en la noche.



Años más tarde, el denominado “cine de rumberas” cuenta las mismas historias, mujeres corrompidas y que viven en los ambientes nocturnos hostiles que son los únicos que pueden ofrecer cualquier ciudad, como ejemplo de ello se podría citar Salón México o Aventurera.




La película Campeón sin corona merece una mención especial, pues su protagonista envuelto por el manto nocturno no es una mujer sino un prominente boxeador mexicano interpretado por David Silva. La película de 1945 dirigida por Alejandro Galindo tiene la fortuna de abrevarse de dos fuentes bien definidas, la primera es la postura que tiene el director para armar su película, estudia las formas que tiene la clase media baja para reproducirlas de la manera más objetiva posible, los barrios, el caló, la vestimenta, son elementos que se cuidaron mucho con el sentido de que el espectador que se estaba retratando en el filme se sintiera identificado con la historia, resulta curioso que al parecer la respuesta fue muy divergente, pues buena parte de la sociedad mexicana empezó a imitar la actitud de estos personajes partiendo del supuesto que eran construcciones ficticias pero atractivas de imitar, el propio director señalaba que este fenómeno era de llamar la atención, pues generaba el mismo efecto que se produce cuando dos espejos se colocan uno frente al otro y la imagen reflejada se multiplica al infinito perdiendo de vista la primera imagen que puede considerarse como la original. La segunda fuente viene de los estudios filosóficos que realiza el destacado académico Samuel Ramos, donde dedica parte de su trabajo a analizar el comportamiento de la sociedad mexicana ante diversas situaciones negativas que pocas veces logra sortear, dichos trabajos a la postre inspirarían a Octavio Paz para escribir El laberinto de la soledad.



Los elementos reiterativos de Campeón sin corona en comparación con la películas antes mencionadas son la ciudad de México como escenario, sin embargo el día y la noche no se presentan de manera contrastante para acentuar los mejores y los peores momentos del boxeador mexicano, que vive feliz en la ciudad, tiene un amigo incondicional, el amor está presente y sobretodo la oportunidad de destacar en el deporte que le da la posibilidad de proyectarlo a nivel internacional y a tener una buena vida en otras ciudades cosmopolitas. Aquellos contrastes que ofrecen la luz y la oscuridad ya no se promueven con día y noche, ahora el día y la noche se fusionan con los personajes generando un perfil psicológico bastante complejo donde por lo general las tinieblas mentales se imponen. Sin lugar a dudas el valor de esta película da este salto donde el caso que nos atañe, la noche, se convierte en casi un distintivo en la vida de la sociedad mexicana, en concreto en las clases bajas, pues nos muestra cómo es que la oscuridad nos ciega y nos genera temores que difícilmente se superan y nos muestran como una sociedad acomplejada que no compite con las sociedades extranjeras, estas actitudes bien reflejadas por esta película y por muchas otras que le seguirán, se pueden observar también en otras áreas como el deporte, en especial el futbol o en la situación delicada en la que vive el país actualmente, ¿qué seguridad nos puede brindar la noche?


El cine mexicano, al menos en la línea que se propone en este texto, ha sabido explotar con ejemplos muy claros y contundentes esa clara pero inaprensible idea que define la noche. Ya se han mencionado algunos de muchos ejemplos que podrían producir bastantes líneas en otros sentidos, el cine de vampiros que es impensable a pleno rayo de sol, el cine de luchadores, donde los héroes enmascarados pelean contra los monstruos en ambientes nocturnos son prueba de lo aquí mencionado.



Lamentablemente, encarrilándome en el mismo sentido de cineastas como Alejandro Galindo y el mismo Michelangelo Antonioni, la noche más oscura, la noche más espesa, la noche más nociva, la noche negativa alejada de aquella imagen nocturna que nos describe Amado Nervo, se ha dejado caer también en el cine nacional, pero siempre se vive con la esperanza de que como lo dice aquella leyenda prehispánica, el sol que mientras está oculto, libra una batalla entre las tinieblas para salir avante al día siguiente para llenar de luz y de vida todo aquello que alcanza con sus rayos y vencer así a la noche.


Por lo pronto, sigamos viviendo con la idea de esperanza que sugiere el trabajo de Chaplin, las luces de la ciudad siempre iluminarán a todos aquellos que quieran contar historias y que las quieran proyectar en la pantalla de plata como la luna, en la oscuridad casi nocturna de la sala cinematográfica.

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