• Aarón Polo López

La Ciudad de México en el cine


En la lejana y paradisiaca provincia de Chimalistac vive una familia con la más alta moral. La vida pasa sin mayores cambios, hasta que un soldado, probablemente citadino, seduce a Santa, la más chica de la familia. Ella ha sido tocada por la “falsedad y el engaño” de la ciudad.





Santa, obra literaria de Federico Gamboa fue la primera película de argumento grabada en la historia del cine mexicano, y también, la primera película sonora. Desde sus inicios, el cine mexicano mostró a la ciudad de México, en contraste con la provincia, como lugar de perdición. La intención de forjar un concepto de nación coloca a la provincia como un escenario donde se “cultivan” los valores del mexicano. Al fin y al cabo, la revolución agraria se gestó fuera de la ciudad de México. La provincia es un paraíso donde se come, se vive, se viste y se canta México al más puro estilo de Allá en el Rancho Grande, película de Fernando de Fuentes, protagonizada por Tito Guizar y donde tendrá su primera actuación Emilio “el indio” Fernández.


Esta división simplista de alojar al mexicano y a la nación en provincia y colocar en la ciudad lo peor del ser humano, construye no pocas historias interesantes, apasionantes y profundas que ha producido el cine mexicano. La ciudad de Cantinflas, Pepe el Toro, de Tin Tán, del Salón México, de Los olvidados, de Los caifanes, de los Amores perros, de los Güeros o de Roma, lejos de pretender definir una nación, presentan múltiples sociedades que se tiene una idea de dónde vienen, que no terminan de definirse y que no se sabe a dónde van.



Es importante tener presente que las películas sólo muestran una visión parcial y fragmentaria de una ciudad; una visión que, además, varía según los lugares y los atributos de la ciudad seleccionados por los cineastas. Existen ejemplos de filmes que retratan ciudades de postal, atractivas para el espectador y posible turista, sin embargo las películas mexicanas que aquí se citan, muestran más esta identidad que se forja del habitante con el entorno, y con sus valores.


Desde las primeras vistas urbanas grabadas por los hermanos Lumière, la ciudad ha sido protagonista o escenario de un número incalculable de películas. Durante más de un siglo, el cine ha reflejado la fisonomía de las ciudades que contemplaba, documentando los cambios, a veces traumáticos (como la destrucción provocada por las guerras), que experimentaba el entorno urbano. Una ciudad filmada es un espacio en constante evolución.


Los recursos técnicos cinematográficos ofrecen diferentes construcciones de ciudad, como la “geografía de montaje”, una serie de planos sacados de diversos lugares geográficos que pueden tener nada en común, construyen una nueva ciudad que vive en el imaginario del espectador. En contraposición está la “coherencia topográfica”, que desea mostrar el mayor detalle posible del entorno donde viven los protagonistas de algún lugar.


Para entender la relación que se establece desde el principio entre cine y ciudad, hay que tener en cuenta que el cine se inventa y perfecciona en una época marcada por una extraordinaria expansión urbana. Hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX las ciudades experimentan un desarrollo demográfico, económico y territorial sin precedentes, que determina el surgimiento y la consolidación de una nueva entidad urbana, la metrópolis, que se convierte en símbolo de la modernidad.


En el caso del cine mexicano, cuando se coloca a la ciudad de México como protagonista, muestra sus múltiples formas que han servido de referencia para nuestros padres, para nuestros abuelos donde reconocen lugares, cuentan sus historias, que son las nuestras, y que se identifican con personajes ficticios que trastocan la realidad para generar múltiples y complejas identidades.




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