• Hedda Hernández Romo

Conversar en tiempos de encierro

Ves a un pequeñito o a una pequeñita, de unos cinco años de edad, llorando con un sollozo que no cesa, los ojos los tiene hinchados de tanto llorar suspirando sucesivamente por el gran dolor que le causa haberse enterado por su familia que su madre ha muerto. Te acercas, lo abrazas y le preguntas: ¿Cómo te sientes? La respuesta es evidente por las características antes mencionadas, de no ser porque el pequeño tiene escasa edad y podría responder desde una forma grosera hasta omitir su respuesta, que es lo que regularmente sucede porque no saben qué decir. Tal vez el adulto que se acerca al pequeño también se encuentre ofuscado por lo sucedido. Sin embargo, pensemos, si usted fuera ese pequeño ¿qué le gustaría que le preguntaran? Es más ¿le gustaría que le preguntaran algo en ese momento? ¿cómo se sentiría usted de estar en el lugar del pequeño?



Lo anterior es un supuesto para poder ejemplificar ¿qué tan evidentes u obvias pueden ser nuestras preguntas ante tal o cual situación? ¿en qué momentos es válido hacer preguntas y, aunque nos parezcan obvias, cuándo es que hay que evitarlas?

Todos en algún momento o en alguna situación determinada hemos realizado preguntas absurdas ¿te acuerdas qué preguntas has hecho de este tipo y en qué situación específica?


También tenemos la contraparte. Alguna vez te han dicho o has escuchado que alguien diga: ¿cómo preguntas eso? Y tal vez no es que no haya sido buena la pregunta y sí esté bien formulada, pero, ahora ponte en el otro lugar ¿sabes qué responder y cómo hacerlo? No siempre tenemos una respuesta a lo que nos preguntan ¿qué haces? ¿cómo reaccionas? ¿qué dices?


Cuando somos conscientes de lo que preguntamos y cómo lo preguntamos, es más probable que podamos obtener la respuesta que deseamos. Aunque si sabemos qué y cómo responder, las preguntas no nos colocarán fuera de lugar porque sabremos cómo hacerlo.


Tenemos que partir de la base de que no todo lo sabemos, aunque nos digan o nos sintamos eruditos de uno u otro tema, pero es porque se es especialista en un tema determinado y esto no nos garantiza saberlo todo.


Los niños son los mejores preguntones: deberíamos de aprender de ellos y nunca dejar de serlo.


Pasaba con Marlene cuando tenía 3 años, ya era tarde y se acercaba la hora de bañarse y le dije:


¡Es hora de entrar a la tina! Volvió su rostro al mío y respondió:


¿Por qué? y aquí iniciaba el peregrinaje,

Porque ya es tarde.

¿Por qué?

Porque ya son más de las 6 de la tarde

¿Por qué?

Porque ya se está oscureciendo.

¿Por qué?

Porque se está haciendo de noche.

¿Por qué?

Porque después de las seis de la tarde empieza a oscurecer.

¿Por qué? …

Y podía pasarse horas preguntando ¿por qué? hasta que le decía:

¿Qué juguetes te acompañarán hoy a la tina?

¡ESTOS! Y ella seleccionaba los que entrarían esa tarde a un rico chapuzón.


Observa todo el diálogo y piensa: ¿Qué se hizo? ¿Cuál fue la dinámica? ¿Qué se preguntó y qué se respondió? ¿Cómo se respondió? ¿Qué sucedió cuando la pregunta se modificó?



Los niños preguntan porque son curiosos por naturaleza, esta curiosidad suele durar en los niños muy poco tiempo, prácticamente hasta que concluyen la educación preescolar. Cuando ingresan al nivel primaria regularmente dejan de preguntar, pero ¿tienes idea de por qué dejan de hacerlo?


La imaginación es una de las características que muchos adultos dejamos de lado cuando crecemos porque creemos que “son cosas de niños” -como si nunca hubiéramos pasado por esa edad-, pero, además, ya ni nos acordamos de qué es imaginar ¿qué tiene que ver todo esto en conversar en tiempos de encierro? Descúbrelo próximamente en mi taller "Conversar en tiempos de encierro", en donde el juego disciplinario con las palabras nos llevará a descubrir qué preguntar y cómo preguntar desde la curiosidad innata del niño… ¿y, el adulto? Próximamente más información.



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